Hay años que se recuerdan por la belleza intrínseca de sus vinos, por la armonía que la naturaleza nos concede. Y hay otros, sin embargo, que se graban con fuego y sangre en la memoria por la dureza del camino y por la tenacidad exigida para llegar hasta ellas. La añada 2024 quedará para siempre en nuestra memoria como el año del mildiu, un ciclo que nos recordó la fragilidad de nuestro oficio y la inmensidad de las fuerzas que nos gobiernan.
La campaña comenzó bajo un escenario de humedad persistente y temperaturas suaves, condiciones que, en un principio, acompañaron el crecimiento de la viña desde las primeras fases del ciclo vegetativo, infundiendo una esperanza temprana.
Pero fue a partir del 11 de mayo cuando la situación cambió radicalmente, y la presión del mildiu se alzó con una violencia excepcional, sumiendo al viñedo en una dinámica prácticamente imposible de contener. Las lluvias continuas, la elevada humedad ambiental y la velocidad de crecimiento de la vegetación redujeron drásticamente las ventanas de tratamiento, lavandolo, y dejando a la enfermedad avanzar con una celeridad que superaba la capacidad de reacción de la viña y del propio viticultor. Poco a poco, parcela tras parcela, el paisaje comenzó a transformarse, tiñéndose de una melancolía que solo el viticultor puede llegar a conocer.
Siempre achacamos el problema al clima, pero los errores han sido nuestros, siendo el principal de ellos, la confianza. Confiamos en el control, y la naturaleza está siempre ahí para recordarnos quién manda realmente.
Las manchas aparecieron primero de forma aislada, como presagios silenciosos. Después llegaron las hojas necrosadas, los racimos afectados y la sensación constante de estar siempre un paso por detrás de la enfermedad, en una lucha desigual contra un adversario invisible pero implacable.
Finalmente, cerca del 80% de la cosecha terminó desapareciendo bajo uno de los ataques de mildiu más severos que hemos vivido. Aún hoy resulta difícil olvidar aquellas semanas, mientras escribo estas lineas aun noto un eco de estremecimiento en mi cuerpo. Recorrer los viñedos eliminando manualmente las hojas infectadas se convirtió en un trabajo diario, casi obsesivo, donde cada cepa exigía una atención individual, un gesto de cuidado que trascendía la mera labor vitícola. Cada racimo sano parecía resistir únicamente gracias al esfuerzo constante y a una vigilancia interminable. Hubo momentos en los que la campaña dejó de ser una cuestión de producción para convertirse simplemente en un intento de salvar la viña, de preservar la vida misma de nuestras cepas.

El impacto de 2024 no terminó en la viña.
El enorme estrés sufrido por la planta durante todo el ciclo vegetativo pareció acompañar también a los vinos en bodega, como si se tratase de un eco de la batalla librada en el campo.
Las fermentaciones alcohólicas comenzaron de manera inusualmente lenta, retrasándose, algo completamente atípico en las levaduras autóctonas de nuestros viñedos, un signo de la profunda fatiga con las que regresaban las uvas a nuestra bodega. Más sorprendente todavía fue el comportamiento posterior de algunos vinos durante la fermentación maloláctica, un proceso que, en determinados casos, no se completó hasta octubre de 2025, coincidiendo ya con la la fermentación manolactica de los vinos de la siguiente cosecha, -para que luego algunos digan que lo que ocurre en el viñedo no es importante en la bodega – fue como si la añada 2024 hubiese necesitado más tiempo que ninguna otra para recuperarse del desgaste sufrido en el viñedo, para encontrar su propio ritmo y sanar sus heridas, y quizás era un recordatorio para no olvidar lo ocurrido, durante la añada 2025.
Con el paso de los meses, entendimos que 2024 había sido mucho más que una campaña difícil.
Esta añada replanteó profundamente nuestra manera de entender la viña, el paisaje, el clima, el tiempo e incluso la propia vida. Nos obligó a aceptar hasta qué punto el viticultor depende de fuerzas que nunca podrá controlar completamente.
Nos recordó que cultivar la vid no consiste únicamente en producir vino, sino en convivir constantemente con la incertidumbre, la fragilidad y la paciencia.
2024 fue una añada dura, brutal por momentos, pero también una de las más humanas que hemos vivido.
La cosecha fue mínima, pero la huella que dejó en nosotros ha sido inmensa.


