Si conoces nuestros vinos, la añada 2025 en nuestra bodega no puede entenderse sin mirar hacia atrás, hacia la profunda cicatriz que dejó el ciclo de 2024. Si recordamos ese año, la presión extrema del mildiu no solo arruino la cosecha, sino que puso a prueba la propia supervivencia de nuestros viñedos, obligando a la planta a atravesar uno de los periodos más duros de su historia.
Al llegar el 2025, no buscábamos rendimiento, con humildad sólo esperábamos encontrarnos con el retorno al equilibrio y la curación de una vid que luchó con todas sus energías por recuperar su armonía, y nuestras miradas estaban ya puestas en la cosecha 2026 para alcanzar la normalidad.
El invierno y el comienzo de la primavera se manifestaron con el clásico clima atlántico. Sucesivas borrascas barrieron los viñedos, acompañando una brotación que se sintió, en todo momento, bajo una extrema vigilancia. En nuestra zona, el recuerdo del mildiu es una presencia constante, un susurro que dicta cada decisión en el campo y mantiene una tensión latente en cada viticultor.
Pero la naturaleza, quizás en compensación tras un desastroso 2024, nos regaló un par de semanas de rayos de sol mediados de mayo. La lluvia, hasta entonces protagonista, cedió su lugar a una luminosidad seca y vibrante. Este cambio resultó decisivo para la floración; el cuajado fue de una homogeneidad excepcional, permitiendo que la planta, liberada de la presión, mostrara una fertilidad elevada y una pureza que presagiaba que algo extraordinario pudiese ocurrir.
Junio comenzó con breves episodios pluviales, un clásico de nuestro clima, pero lo que siguió a partir de mediados de mes desafió casi toda estadística histórica. Entre el 15 de junio y el 29 de agosto, el cielo de Cambados cerró el grifo a la lluvia, registrando apenas 10 mm de precipitación.
Para un territorio cuya identidad se forja en la humedad y salinidad, este escenario de sequía estival resultó sobrecogedor.
La vid entró progresivamente en un estado de estrés hídrico, ante la falta de agua y el calor persistente, redujo su actividad para protegerse, con esa sabiduría ancestral que solo poseen las cepas viejas. Y aquí reside uno de los matices más reveladores de esta añada: mientras la cubierta vegetal circundante mostraba los signos inequívocos de la sequía, las propias cepas, ancladas por la profundidad de sus raíces, mantuvieron su tipo, es cierto que a finales de agosto ya las hojas empezaban a mostrar signos de esta extrema sequía, pero fue un testimonio elocuente de la resiliencia intrínseca de la vid y de la importancia vital de su conexión con las capas más profundas del terruño. Los suelos se secaron, y las altas temperaturas aceleraron los procesos de maduración y obligándonos a una vigilancia diaria y minuciosa.

Entonces en ¿Cómo mantenemos la frescura cuando el sol reclama todo el protagonismo?
La decisión de iniciar la vendimia el 21 de agosto —aunque con sinceridad, quizás nos retrasamos 3-4 dias— no fue fruto del azar, sino de una necesidad imperativa de salvaguardar la identidad de nuestros vinos. Ante la rapidez con la que avanzaba la maduración bajo el rigor del estío, tomamos la decisión actuar con celeridad para capturar la frescura y la tensión antes de que se desvanecieran bajo el peso del sol, por lo que comenzamos por aquellos viñedos más soleados y que empezaban a mostrar signos de fatiga.
Fue una vendimia de con unas uvas impecables, donde cada racimo reflejó la limpieza de un año sin enfermedades, pero también la concentración de un ciclo marcado por la escasez de agua.
Los vinos de la añada 2025 se alejan así del perfil atlántico más austero y afilado al que estamos acostumbrados, para abrazar una expresión más solar y quizás más generosa. Por ahora en la copa, se percibe de inmediato un volumen mayor, una amplitud en boca que acaricia el paladar con una textura sedosa y una acidez que, siendo menos incisiva que en años más normales, se siente perfectamente integrada en la estructura del vino.
Sin embargo, lo más fascinante de esta añada es que, a pesar de su carácter cálido, no ha perdido su alma. La salinidad, la verticalidad y esa vibración salina tan propia de nuestra zona permanecen intactas, actuando como un hilo conductor que ancla el vino a su paisaje.
2025 será recordada como una añada irrepetible: el testimonio de la capacidad de la vid para transformar la adversidad en belleza y la sequía en plenitud, un año que comenzó con la mirada puesta en la cicatriz del pasado y terminó con una sonrisa bañada por la luz del Atlántico.


